Sobre los filmes de Marvel: carta abierta a Francis Ford Coppola

Sobre los filmes de Marvel: carta abierta a Francis Ford Coppola

La presente editorial está escrita por Alejandro Franco, responsable de Arlequín, portal sobre cine fantástico y de culto, el cual está online desde Abril del año 2000.

Estimado señor Coppola:

Posiblemente nunca llegue a leer esta carta pero permítame hablarle como si semejante suceso fuera posible (un hecho que, de ocurrir, alteraría para siempre mi vida, mostrando que en Internet las fronteras no existen y que un crítico aficionado como yo puedo llegar a expresarle mi opinión a un genio como usted). Los milagros existen, y en una de esas esta misiva se vuelve viral hasta el punto que una versión traducida de ella aparece en su cuenta personal de Twitter o Facebook, obteniendo la oportunidad de que usted en persona la lea. Esperanzas no me faltan.

Permítame también expresarle la admiración que tengo por usted y por su obra. Lo que usted ha hecho por el cine es inconmensurable, dando a luz un puñado de obras maestras que deslumbraron – y deslumbran – a públicos, críticos y aspirantes a cineastas de mas de una generación y cuya influencia llega hasta nuestros días. Usted figura en uno de los escasos pedestales que la historia del cine tiene reservados para los artesanos geniales y revolucionarios, un sitial donde figuran apellidos ilustres como el de Kubrick, Eisenstein, Tarkovski, Welles, Spielberg y Scorsese, por nombrar unos pocos. Y también lo admiro porque usted formó parte de una generación de cineastas jóvenes y ambiciosos que renovó el lenguaje cinematográfico del cine estadounidense entre finales de los años 60 y principios de los 70, formando parte de una camada que dio a luz directores brillantes de la talla de John Frankenheimer, el ya mencionado Scorsese, John Milius, Arthur Penn, Sydney Pollack, William Friedkin… y George Lucas, del cual fue mentor y es amigo.

El caso de Lucas es curioso porque él, en los 70, representaba lo mismo que Marvel significa para las generaciones modernas. Cuando Lucas hizo Star Wars en 1977 era una película pasatista, plagada de efectos especiales, dotada de una historia simple y relativamente poco original – basta ver en los comics y seriales de Flash Gordon las mismas ideas sobre un elegido destinado a combatir a un emperador malvado, salvando a la princesa de turno y atacando la fortaleza del villano con una alianza de fuerzas rebeldes -, lo cual no impidió que la gente hiciera larguísimas colas (de varias manzanas de largo) para verla una y otra vez, y así poder repetir la intensidad de la experiencia. Digo: ¿cuántas veces uno se va a emocionar viendo a Luke Skywalker volar en pedazos la Estrella de la Muerte?. ¿Cinco? ¿Diez? ¿Veinte?.

Aún con todos sus peros y su simplicidad, a cuarenta años del estreno hoy seguimos hablando de Star Wars y no porque hayan nuevas secuelas en camino de estrenarse, sino porque Star Wars le quemó la cabeza a una generación de jóvenes que vieron como una fantasía excitante – que hasta ese momento sólo existía en las páginas de las novelas baratas de Ciencia Ficción y en los comics de Philip Francis Nowlan, Alex Raymond y hasta los basados en ideas arcaicas de Edgar Rice Burroughs (¿superhombres voladores en Marte?) – se volvía realidad. No sólo era otra historia del bien contra el mal, del héroe solitario contra una fuerza oscura abrumadora e invencible sino también era un show que se volvía real y creíble frente a los ojos de los espectadores. Nunca nadie se cuestionó que los sables láser fueran cosas ridículas o imposibles en términos de la física convencional, sino que asumieron (con enorme entusiasmo) que eran armas místicas pertenecientes a una saga de guerreros justos y milenarios del cual Luke Skywalker era el último exponente vivo. O de que todo eso fuera un circo con gente disfrazada con atuendos ridículos. Incluso si analiza con cuidado, verá que Star Wars es un pastiche compuesto por una serie de influencias de los géneros mas dispares, que van desde la mitología griega y el Western hasta el Chambara – con Akira Kurosawa como máximo inspirador -. Porque un Jedi no es otra cosa que un samurai interplanetario, uno con incorruptibles códigos de honor y pasión por defender al desprotegido.

Y esto ocurre porque esa clase de subtextos existen en los filmes pochocleros construídos con inteligencia. Y porque los filmes pochocleros que recaudan millonadas son los que permiten que artesanos como usted encuentren financiamiento para sus obras maestras. ¿Acaso Tucker: The Man and his Dream no hubiera sido posible de no ser por la ponchada de millones que George Lucas hizo con Star Wars (y que fue el productor ejecutivo de su película)?. ¿Acaso cree que Steven Spielberg sería Steven Spielberg si no hubiera hecho una de terror sobre un tiburón asesino en el comienzo de su carrera?. Por cada Lista de Schindler que hace Spielberg, existe una de Indiana Jones o Jurassic Park que la gente va a ver una y otra vez. Los filmes comerciales pagan, el cine arte no; pero para que haya cine arte, primero hay que pagar las cuentas…  y hay que hacer filmes comerciales.

Dudo que en cuarenta años sigamos vivos los dos para poder darnos cuenta de si la movida de Marvel fue una moda pasajera o un fenómeno que inspiró a miles de jóvenes para convertirse en dibujantes, guionistas, escritores, especialistas en efectos especiales o directores. Lo que yo creo es que el público no se equivoca y, cuando elige ver varias veces un filme – o seguir una saga de filmes – es porque encuentra en ellos algo que los conmueve. Mientras que la opinión de Scorsese es analítica – él no entiende el valor de los filmes de superhéroes, y cree que son el equivalente cinematográfico de un parque de diversiones -, su opinión sobre “los filmes de Marvel son despreciables” es claramente agresiva. Y le explico por qué: yo he visto muchísimas veces la saga de El Padrino y ni que hablar de Apocalipsis Now. Pero también he visto muchísimas veces los filmes de Marvel. El público de los filmes Marvel no se compone sólo de niños y adolescentes de imaginación febril y escasa profundidad intelectual, sino que también hay millones de adultos – hombres y, sí, mujeres – que los disfrutan. Gente que está en sus 30, 40, 50s. Gente como yo, cuya imaginación volaba cuando veía un comic colorinche de DC o Marvel cuando era niño en la década del 70, y que tomaba la merienda viendo las aventuras del Batman de Adam West. Gente que lloró con los momentos mas épicos del Superman de Chris Reeve en 1978. Y gente que se quedó con la boca abierta cuando Tim Burton sacó al género de superhéroes del gueto en 1989 al darnos una versión oscura, retorcida y brillante de Batman. Al calificar de “despreciable” a los filmes de Marvel, también califica de “despreciable” al público que los sigue, como si fuéramos personas superficiales que solo vamos al cine a ver una parafernalia de efectos especiales y gente enfundada en mallitas de colores. Pero yo puedo ver un filme suyo, de Darren Aronofsky, de Scorsese o de Kubrick sin sonrojarme y sin tener que ponerme una gabardina con cuello alto y sombrero al entrar al cine donde lo exhiben. Es mas: puede llegar a esa sala de cine arte con una remera con el escudo del Capitán América en el pecho. Porque una cosa no quita la otra.

Contaba Roger Ebert que, cuando vió por primera vez El Bueno, el Malo y el Feo en el cine en los años 60, decidió darle una nota baja porque creía que el spaghetti western era incapaz de ser considerado “cine serio”. Pasaron las décadas y Ebert tuvo que reconsiderar su calificación al ver lo monumental que era la obra de Sergio Leone. No sólo los prejuicios pueden enterrar el buen cine – o, si quiere, el sólido cine comercial, el que ofrece espectáculo pero también tiene ideas y pretensiones artísticas -, sino que todo artesano de porte debe hacer algo de cine comercial para poder vivir. Y, en una de esas, convertir un producto comercial en algo realmente artístico. Uno podría ver a El Bueno, el Malo y el Feo como una parodia del western, como un filme pretencioso, como un comic filmado (plagado de primerísimos planos y escenas interminables rellenas con la partitura de Ennio Morricone)… o como una película formidable simplemente porque el tipo que está detrás de cámaras ha creado el clima para que las poses exageradas de Clint Eastwood, Lee Van Cleef y Eli Wallach no se vean ridículas sino admirables. Porque hay ideas detrás de la historia de los tramposos que intentan estafarse entre ellos todo el tiempo. Sólo que en su momento los críticos no las captaron y entraron a los cines con el prejuicio de que era una película italiana barata propia de un circuito Grindhouse. El arte está en todos los estamentos, y se pueden encontrar ideas y talentos escondidos en los filmes mas baratos. Usted puede dar fe de ello, ya que empezó filmando títulos para Roger Corman, reciclando viejas películas de ciencia ficción rusas y haciendo cintas de terror claramente efectistas. Si alguien no hubiera visto su potencial en filmes de semejante categoría, nunca habría obtenido la oportunidad para hacer la formidable carrera que hizo.

No discrimine a las corporaciones porque han encontrado una receta para hacer filmes populares. No aliene al público de esos filmes, porque no siempre todos podemos ser serios y profundos; y porque esa gente que se divierte viendo una de Marvel también puede apreciar un filme suyo y verlo una y otra vez hasta el hartazgo. Y si las corporaciones ganan muchísimo dinero, no es porque la gente se lo regala sino porque la gente quiere. Y parte de ese mismo dinero va a parar a la financiación de obras independientes que, de otra manera, serían comercialmente inviables o nunca podrían concretarse. Los filmes Marvel emocionan. Los filmes Marvel están plagados de actores realmente talentosos que son capaces de dar perfomances notables mientras están enfundados en disfraces colorinches que yo jamás podría usar por la vergüenza que me daría, que le hablan a seres que no existen y que actúan entre cuatro paredes pintadas de verde mientras asumen que están en otro planeta o peleando contra un monstruo inimaginable. Los filmes Marvel existen en su propio universo porque un grupo de talentosos libretistas y directores se da maña para hacer creíble un mundo donde existe gente disfrazada y con super poderes, individuos capaces de inmolarse con tal de salvar a la humanidad y derrotar a las abrumadoras fuerzas del mal. Es la misma épica que George Lucas plasmó con Star Wars, filme al cual usted no defenestró en estas últimas cuatro décadas y que comparte cientos de puntos en común con las películas de Marvel. Y porque el mismo tipo que hoy saca de su billetera un par de billetes para comprar un ticket y acceder a un filme de Marvel, es el mismo tipo que mañana puede abonar la entrada para ver una película suya si la crítica es entusiasta y el rumor boca a boca es poderoso. El mercado no se seca porque Marvel recaude billones; hay muchos peces en este mar y si bien Marvel tiene una red enorme y eficiente para pescarlos, ello no implica que el cine independiente esté en riesgo, que los estudios mas chicos corran peligro de extinción o que los artesanos de renombre se vean obligados a hacer películas de superhéroes para hacer dinero. Yo sólo le digo que son universos que pueden coexistir tranquilamente, y que los filmes Marvel no son la banalidad que usted califica, ni es una fuerza corruptora que altere el balance del cine artístico. Son simplemente películas populares que tienen su cuota de ideas, que demandan esfuerzo y talento para ser creíbles, y que merecen nuestro respeto porque han alcanzado límites que parecían imposibles, amén de ocupar un lugar especial en el corazón de mucha gente que es capaz de apreciar tanto un buen espectáculo pasatista como una obra maestra del mas talentoso cineasta de nuestro tiempo.

Alejandro Franco

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